Viernes Santo con el Papa


Con la dificultad de una persona de ochenta años aquejada de problemas articulares y ciática, el Papa Francisco se ha prostrado sobre el pavimento de la Basílica de San Pedro al comienzo de los oficios en la tarde del Viernes Santo.
Su oración, en un silencio que se podía cortar, se ha prolongado un minutos, dos, tres… y así hasta llegar a cuatro durante un tiempo que parecía hacerse interminable en una Basílica sin flores y sin adornos, que no aparecerán hasta la noche del sábado, vigilia de la Resurrección.





Los oficios del Viernes Santo se caracterizan porque el Papa no predica sino que se limita a escuchar la homilía del predicador de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa, un capuchino de 82 años, miembro de la renovación carismática católica.

El padre Cantalamessa, nombrado predicador de la Casa Pontifica en 1980 por san Juan Pablo II, lleva nada menos que 27 años predicando ante los Papas en la ceremonia que rememora la Pasión y muerte de Jesús.


En este Viernes Santo, el capuchino tímido y de barba blanca ha comenzado su homilía refiriéndose a los atentados del Domingo de Ramos en Egipto y la facilidad para olvidar en poco tiempo la muerte de los inocentes. En llamativo contraste, según Cantalamessa, "el mundo recuerda todavía la muerte de Jesús de Nazaret como si hubiera sucedido ayer". El motivo es que su muerte ha cambiado el sentido mismo de la muerte, convirtiendo el dar la vida por otros en la antesala de la resurrección.
La desazón contemporánea tiene múltiples motivos pero es importante no equivocarse en el diagnóstico. Según el padre capuchino, "no es verdad que ‘donde nace Dios, muere el hombre’ como decía Sartre, sino lo contrario: donde muere Dios, muere el hombre."


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