¡Feliz el que encuentra un tesoro!

La amistad humana, tan alabada desde el comienzo del tiempo, se concebía a veces de una forma muy exclusivista: se trataba de amar al amigo y de odiar al enemigo.

El mensaje de Jesucristo sorprendió al mundo porque rompía la distinción amigo / enemigo. El Evangelio de la caridad enseña la fraternidad de espíritu, basada en que todos somos hijos de Dios: «En esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros» (Jn 13, 35).




Esta fraternidad universal, sin fronteras, basada en el amor a Dios, es lo que hacía exclamar a los no cristianos: «¡miren cómo se aman!» (Tertuliano, Apologético, 39, 7).

Este amor de amistad de los primeros cristianos, que todos estamos llamados a imitar,  responde a las enseñanzas de Cristo: «Un nuevo mandamiento les doy: que se amen unos a otros como yo los he amado» (Jn 13, 34). El mismo Jesús no nos llamó “siervos” sino “amigos”, y su amistad, proclamada con palabras, se volvió evidente en la entrega de su vida.
El Señor tuvo amigos: José de Arimatea, Nicodemo, Lázaro... se complacía en pasar el tiempo con ellos y los amaba profundamente.  Su amistad siempre es fiel. Incluso a Judas le llamó "amigo" en el momento de la traición.


San Josemaría escribió: Jesús es tu amigo. El Amigo. Con corazón de carne, como el tuyo. Con ojos de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro... Y tanto como quiso a Lázaro, te quiere a ti.

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