La fiesta del Batallón


¡Cien años de Exploradores en Salta! Una fecha tan importante se merecía una fiesta especial. Por eso, el sábado 28 de mayo, bajo el frío de la tarde, los Exploradores actuales y veteranos se reunieron en el patio del Colegio para disfrutar de un emotivo acto, propicio para celebrar lo vivido, compartir recuerdos, y proyectar el futuro... siempre al servicio de los jóvenes.


Pensando en esta fecha y en la hermosa experiencia de amor a la naturaleza creada por Dios que es propia de los Exploradores, compartimos una oración escrita por el inolvidable y querido Padre Chifri:

Dios mío, me confieso hijo de la Creación. Salido de las entrañas de la tierra, hecho de barro; tierno y frágil.
Me confieso hijo del "dueño de la Creación". La he gozado y la he bebido. Y la agradezco.
Gracias por la belleza que bebí contemplando las montañas.
Gracias por haber puesto en mí el anhelo de trepar a las alturas.


He visto las nubes; las seguí en su recorrido de un lado a otro. Las vi cambiar constantemente y también bailar. Las miré instaladas en el cerro. Detenidas y espesas. Como niebla. Las vi desde abajo y también desde arriba, y estuve entre ellas, frío. También desorientado, aunque no perdido. Dancé con ellas y las imité.


Me he extasiado con el sol. Con el saliente y con el de poniente. Lo vi grande y redondo, y también pequeño. Me cegué con su luz y me hizo arder los ojos. Lo disfruté rojo y brillante y lo recibí en mi piel. Fue cálido conmigo, pero a veces muy fuerte. Lo supe buscar y también me escondí de él. Lo quiero y lo busco. Lo deseo.


He mirado el cielo. De día y de noche. Celeste y azul. Y también negro. He dormido a la intemperie. He disfrutado de la oscuridad y también tuve miedo. He caminado bajo la luna y he contemplado las estrellas. Las vi titilar y también salir, una por una, como presentándose. Las supe buscar para guiarme y a algunas, más bien pocas, las nombré. Me sentí envuelto por la bóveda celestial, y recé.


He sido compañero del fuego, y su amigo, el humo, me hizo llorar. Me he calentado junto a él y he cantado en fogón. Tomé mate y compartí con hermanos. Él era el testigo. Sequé con él las zapatillas y me calenté los pies. Cociné salchichas con un palo y comí, gracias a él, muchos asados. También lavé ollas negras por su culpa. Lo avivé hasta hacerlo bien alto y lo miré largamente cuando se volvía apenas una brasa roja. Le eché agua hasta matarlo y convertirlo en humo. Y me traje su olor impregnado en mi ropa. Lo extrañé bajo la lluvia y lo soñé juntando leña. A la intemperie, o en un hogar, siempre fue compañía.


Pisé la tierra. Más blandita y más dura. Descalzo y con zapatillas. También con botines. Caminé y caminé. Conozco el ruido del ripio y de las piedras, que acompaña por horas un camino. Tuve ampollas y me espiné. Anduve por picadas y a campo traviesa. También caminé en el asfalto. Se me encarnó alguna uña y me acalambré. En subida y en bajada, corriendo y con cuidado. Solo y de la mano. Caminé.


He gritado un nombre al abismo para escuchar su eco; he cruzado osadamente el río y he rodado al bajar un cerro. Me enterré en la nieve y me divertí con ella. Y hasta me corté las manos de frío. Me detuve a escuchar el canto de un pájaro aunque nunca identifiqué su voz. En cambio, hice silencio y escuché su alabanza. 


Absorto frente a tus maravillas, adoré tu majestad y me arrodillé. 
Y mi corazón cantó alabanza y gratitud. También abandono.

Ahora me doy cuenta que siempre he estado en tus manos. Cuidado cuando niño, albergado y protegido, elegido y amado. Conocí tu predilección y delicadeza, tu ternura y tu desbordante amor. También tu firmeza y tu exigencia. Tu corrección, tu irreprochable justicia, tu Santidad, tu majestuoso, inigualable poder... y tu gran misericordia.


¡Felices primeros cien años!

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