Don Bosco y el trabajo


El trabajo es uno de los pilares de las ideas sociales de Don Bosco: es básicamente el elemento en torno al cual se mueven las teorías económicas emergentes en su época -  liberalismo y marxismo -  y el mismo santo lo vivió también como factor de dinamismo y cambio social. El problema de la orientación y educación al trabajo fue comprendido por Don Bosco en función de la cuestión social, que el industrialismo había agravado y ante la cual el liberalismo económico y el socialismo marxista se alzaba en batalla, incapaces de darle una solución vital.


Tratemos de ver qué quería decir “trabajo” para Don Bosco. Una primera concepción es la bíblico - teológica: “te ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Esta primera idea puede dar una connotación negativa del trabajo - como castigo - además de asimilarlo a conceptos como ‘fatiga’ y ‘sufrimiento’. Es cierto que por mucho tiempo el joven  Juan Bosco vivió el rigor del trabajo duro para subsistir. El tiempo y la experiencia fueron dando al Santo una concepción más  positiva del trabajo,  como  obra  de coparticipación  con  Dios. Don Bosco escribió:  “Trabajo es  toda  obra,  sea intelectual o manual. Todo trabajo es noble y hasta puede participar en lo divino, según la intención con que se trabaje, porque todo trabajo es una colaboración con Dios en el perfeccionamiento del universo”. Trabajo es, pues, el cumplimiento de los deberes propio del estado de cada uno, sean de estudio, de arte o de oficio.


El  trabajo es una tarea que  ‘diviniza’  al hombre  y que  glorifica  a Dios.  Además beneficia al trabajador en un sentido antropológico, haciendo de él alguien con sentido de ‘utilidad’ y de estima de sí mismo.
Del  concepto  de trabajo  se  derivan  además  otras consideraciones: la doble realidad con igual valor del trabajo, manual e intelectual; la igualdad y estima social que propicia el trabajo, con la consiguiente “armonía social”; la necesidad de  una “escuela de Trabajo” y de la educación como solución a los problemas sociales.
Don Bosco expresamente ha querido:
1)  Darle al trabajo el sitio que se merece en el campo de la educación y de la estima social. No
un  yugo  humillante,  ni  una  diversión,  ni  un  pasatiempo;  sino  un  sagrado  deber,  un  noble
ideal, un potente factor de bienestar material y moral, individual, familiar, social…
2)  Formar obreros conscientes y completos: moral, técnica, intelectualmente dotados para su
misión (que es la profesión, sí, pero además, el apostolado entre la masa obrera).
3)  Eliminar el contraste entre el estudio y el trabajo manual, entre la clase estudiantil y la clase
artesana u obrera.
Veamos ahora tres grandes aspectos de la propuesta de Don Bosco respecto al trabajo: la convivencia de artesanos y estudiantes, la armonía social que resulta de ello y las propuestas
para los jóvenes trabajadores.


“Artesanos y estudiantes”
Aquí encontramos si no una novedad, al menos una iniciativa más a favor de la igualdad
laboral: la idéntica consideración a ambas formas de trabajo en cuanto a su dignidad.
La diferencia entre los obreros - artesanos y los intelectuales es histórica y, en general, beneficiosa para los últimos en remuneración, prestigio y posibilidades.
Don Bosco promovió desde el comienzo de la formación laboral para los artesanos y para los estudiantes la absoluta igualdad de trato. No es un hecho menor si consideramos  que en la  época  la  influencia  marxista  veía en  cada una  de las  formas de trabajo  la  impronta  de  los proletarios o de los capitalistas, y ‘obligaba’ a la lucha entre ellos. La convivencia y armonía de los dos tipos de trabajadores  desde el principio de su carrera, pretendía hacer que en el futuro quedaran de lado las diferencias.


Por otra parte, no fue dando a los artesanos una educación enciclopédica, ni a los intelectuales herramientas de trabajo manual con lo que Don Bosco forjó la armonía. La correlación entre trabajo manual e intelectual es importante para formar una persona íntegra; esto lo
hizo Don Bosco. Pero el factor de igualdad iba por otro lado: “A mí me basta con que cada cual
sepa bien lo que le incumbe; que cuando un artesano posee los conocimientos útiles y convenientes para hacer su arte sabe cuanto le basta  para hacerse benemérito de la sociedad. Un
obrero así, digno es de todo respeto”.  Esta fue la solución: hacer de cada quien un buen obrero, o un buen profesional, de modo que haciendo bien sus tareas fuera digno de estima.
Es muy interesante notar que el propio Don Bosco alternó e integró ambas formas de trabajar en su vida: desde pastor a escritor, desde zapatero o sastre a pedagogo.
Otro aporte positivo de Don Bosco fue la apertura y buena consideración de lo temporal, de lo mundano. Tampoco esto era una novedad para el mundo de la época, pero sí para el concepto de trabajo de la Iglesia, que aún no lograba aceptar como una actividad apostólica inmiscuirse en el mundo del trabajo. De ahí que algunos criticaran a Don Bosco por la concepción ‘laica’ del trabajo. Años más tarde dirá Don Viganó:  “Don Bosco, en su modo concreto de actuar, demostró siempre una sensibilidad especial hacia los muchos aspectos positivos de la laicidad peculiar del mundo del trabajo, que está en reconocer la bondad y el orden propios de la creación y el testimonio de la realeza que ejerce el hombre sobre lo creado a través de su actividad”.


“Armonía social”
Siguiendo con la línea anterior, cada casa salesiana buscó ser un “ensayo de armonía social”, integrando plenamente y tratando con absoluta igualdad a quienes estaban destinados a  distintas  carreras  y  posiciones  sociales.  ¿Qué  consecuencias  se obtienen?  Salvar  la  distancia  entre
patronos y obreros, fraternizarlos, acordarlos armónicamente… El  trabajo  logra  la  inserción  de  la  persona  en  la  sociedad, haciendo que el trabajador sea y se sienta participante activo y ‘útil’ socialmente. Esto es, sin duda, una muestra de armonía social y del buen concepto de Don Bosco sobre el trabajo.


La educación conjunta tenderá verdaderos lazos de amistad y solidaridad recíprocas entre obreros y estudiantes, y quienes un día lleguen a ser los que conduzcan a los pueblos  -  los estudiantes -  habrán conocido y amado a quienes los elijan para eso. Es un verdadero puente entre clases sociales. Todo esto, claro está, si se asegura que los muchachos reciban, a la vez y no como un agregado, una esmerada educación cristiana y una buena vivencia de los valores evangélicos.



“Escuela de trabajo”
Las iniciativas en el mundo del trabajo fueron tal vez las primeras de la obra educativa de Don Bosco, aparte de la catequesis.
En una primera instancia, Don Bosco buscó ‘asesorar’ a los jóvenes en sus experiencias y contratos laborales, mediando como contratista con los patrones, de modo de asegurar un mínimo de condiciones de salario, extensión laboral y moralidad del ambiente. Esta mediación entre aprendices y patrones fue un primer paso en el mundo del trabajo de una magnitud mucho más importante de lo imaginado.


Don Bosco hacía un verdadero  contrato  entre  ambas  partes,  asegurando  más  ventajas  para  todos:  a  los  patrones  les exigía  la  enseñanza  de  un  oficio  a  los  jóvenes,  la  corrección  amable,  a  pagarle  convenientemente y aumentar su salario, a darle los días festivos de descanso, en fin, a no explotarlos; por su parte, los  aprendices quedaban obligados a ser cumplidores, puntuales, respetuosos y obedientes.
Evidentemente que si una de las partes no aseguraba condiciones aceptables de trabajo la otra no respondería correctamente. Estos contratos equilibraban exigencias y derechos, aumentando eficazmente el rendimiento obtenido por ambas partes.


Fue  una  iniciativa con  rasgos ciertos de  ‘sindicalismo’,  hasta  el  punto  de  que  algunos autores hablan de Don Bosco como el “primer sindicalista italiano”, defensor de los trabajadores y el trabajo. ¿Cómo afectaría esto su imagen clerical? ¿Cómo vería la sociedad a un sacerdote mezclado en algo tan ‘mundano’ como el trabajo?
Además de fomentar los contratos, Don Bosco fundó una asociación de jóvenes trabajadores,  no  como  un  gremio  sino  como  una  “Sociedad  de  socorro  mutuo”.  El  objetivo  de  esta sociedad era garantizar una suerte de seguro de paro o enfermedad en caso que lo necesitaran los socios. Éstos, por su parte, debían aportar una suma semanal como forma de  sustento de la Sociedad.



La segunda etapa de las iniciativas en el mundo laboral es la creación de talleres de artesanos,  primer  paso  hacia  las  escuelas  profesionales.  Don  Bosco  observó  el  ‘mal  ambiente’ que  había  en  los talleres de Turín  y los peligros  a  los  que  los jóvenes quedaban  expuestos  y decidió llevarlos a trabajar consigo. Lo interesante de esta iniciativa es que en principio no fue con  la  intención  exclusiva  de  enseñarles  un  oficio,  sino  para  que  trabajaran  en  un ambiente ‘saludable’.


Estos primeros talleres fueron como  “una unión de trabajadores en beneficio propio”, y a  diferencia  de  los  talleres  artesanales  comunes  en  que  las  ganancias  de  la  producción  eran para los amos, en los del Oratorio las ganancias eran para los aprendices. Estos talleres, que tenían muchas características de las cooperativas, difícilmente daban réditos y la competencia de los talleres profesionales hacía que fuera difícil la venta de los productos. Sin embargo lograban su misión: educar a los jóvenes en el trabajo, enseñarles un oficio y, sobre todo, “sustraer del peligro a sus queridos jóvenes, a los que Don Bosco quería más que a sí mismo”.


Hasta aquí los talleres no tenían mayores pretensiones que las anteriores y no poseían las dimensiones o requisitos de las escuelas profesionales: los jóvenes eran aprendices, no estudiantes. Porque incluso ni siquiera eran un ‘semillero’ de trabajadores para las grandes industrias. La Revolución Industrial, tardía en Italia, comenzó a exigir trabajadores más especializados y formados; ya no bastaba con artesanos, ni con la forma de producir que estos tenían.
Como Don Bosco y los salesianos no eran ajenos a esto, el proceso desembocó casi naturalmente en la creación de las Escuelas Profesionales, que más tarde se extendieron por todo el mundo, convirtiéndose en destacada carta de presentación de la obra salesiana.

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