Don Zatti: enfermero santo de la Patagonia


¡Hoy recordamos a Artémides Zatti! Para festejar su día, celebramos la Misa en la Primaria y la Secundaria, y dejamos una breve carta escrita por el Padre Inspector, Manuel Cayo:


Seguramente leerán esta cartita el 13 de noviembre, por lo que me gustaría mucho hoy dedicarle esta página nuestro queridísimo Don Zatti, un hermano salesiano, laico consagrado, a quien en este día la Iglesia nos invita a recordar.
Meses antes de morir Don Juan Vecchi (el 31 de mayo de 2001) nos escribió una hermosa carta sobre Don Zatti. Él lo había conocido en persona, es más, era sobrino suyo. Preparando el encuentro de Directores la volví a leer y entresaqué algunos párrafos que hoy quiero dejarles, porque nos presenta algunas de las características más importantes que este querido hermano, el patrono de nuestra Inspectoría, ha vivido:
La confianza y apertura a un amigo del alma: A su llegada a Bahía Blanca, el joven Artémides encontró en el salesiano Carlos Cavalli un amigo sincero, un confesor prudente y un director espiritual experto, que lo formó a un ritmo cotidiano de oración y a la vida sacramental semanal. Estrechó con el sacerdote una relación espiritual y de colaboración.


El imán irresistible de Don Bosco: En la biblioteca del párroco tuvo la posibilidad de leer la biografía de Don Bosco. Quedó fascinado. Fue el verdadero inicio de su vocación salesiana. En el origen de nuestra vocación hay siempre un encuentro inspirador con el Fundador y con sus seguidores.
La capacidad de abrazar la cruz como fuente de sentido: Al truncarse su camino formativo por la tuberculosis, podemos imaginarnos su estado de ánimo. Pero de su boca no salió nunca un lamento por lo sucedido: ni por la enfermedad en sí, ni hacia los hermanos, ni por las circunstancias en que vino a encontrarse. Al contrario, esta experiencia, que se prolongó varios años, y la incertidumbre que llevaba consigo pusieron en evidencia su robustez espiritual, manifestada en la aceptación consciente y generosa de esta contrariedad, cosa nada fácil en un joven de su edad.



La conciencia de su propia vocación: ¿Sacerdote? ¿Coadjutor? Decía él mismo a un hermano: “Se puede servir a Dios sea como sacerdote, o como coadjutor: delante de Dios una cosa vale tanto como la otra, con tal que se la viva como una vocación y con amor”.
Trabajo incansable: Se levantaba a las 4,30, dedicaba tiempo a la oración personal en la iglesia, luego participaba en la Eucaristía con su comunidad. A continuación se dirigía a las salas de los enfermos. Se presentaba sonriente y decía: “Buenos días, Vivan Jesús, José y María”. Y preguntaba: “¿Respiran todos?”. Los ancianos se revolvían en sus camas y respondían: “Todos, Don Zatti”. “¡Gracias a Dios”, decía él con alegría, y comenzaba a pasar cama por cama para ver de qué tenía necesidad cadauno.


Después de esta visita, iba a desayunar. Terminados estos deberes, se montaba en la bicicleta y salía, con la cabeza descubierta y con la blusa blanca, para poner inyecciones a los muchos enfermos dispersos en el pueblo. A las 12 él estaba preparado para rezar las oraciones antes de la comida con la comunidad. Casi siempre tocaba él la campana para llamar a los hermanos. Después de la comida, muchas veces jugaba a las bochas con los convalecientes y lo hacía con entusiasmo. De las 14 a las 16, más o menos, de nuevo en la bicicleta. A las 18, lectura espiritual. Después de la cena de los enfermos, pasaba de nuevo sala por sala para hacer rezar y daba las “Buenas Noches”. A las 20, cena con la comunidad, todavía otra visita a las salas y, finalmente, a su habitación para lecturas o trabajos personales. Durante la noche, y era cosa habitual, se levantaba rápidamente, una o más veces, para atender las llamadas de los enfermos.


Profesionalidad: Fueron cuarenta largos y laboriosos años en los que la figura de Don Zatti creció continuamente en la generosidad del servicio y en la búsqueda de profesionalidad. Él no fue un obrero aproximativo: fue un auténtico director de hospital, dotado de una ciencia práctica sólida, que los médicos no pudieron dejar de reconocer. La “Secretaría de la Salud Pública” le había dado la matrícula oficial de enfermero (número 7253), mientras él mismo, empeñándose en el estudio, obtuvo de la Universidad de La Plata el título de idoneidad y capacitación para la farmacia, título indispensable para abrir y gestionar la farmacia del Hospital
Alegría y optimismo: En medio de un ámbito tan difícil como el de la salud, la sonrisa de Don Zatti era la mejor de las medicinas. Su buen humor, sus ocurrencias, hasta el modo en que se acercó a su muerte fueron prueba clave de que estaba atravesado por este espíritu de optimismo netamente salesiano. Cuando se enteró de su cáncer, mantuvo su alegre serenidad, aun en medio de graves sufrimientos, consumió todas las fuerzas que le quedaban en el trabajo y en la comunidad, transcurrió los últimos meses en la espera del encuentro con el Señor. Repetía: “Hace cincuenta años vine acá para morir y he llegado hasta este momento: ¿qué más puede desear ahora? Por otra parte, he pasado toda mi vida preparándome a este momento...”.


Siete pinceladas que muestran algo del hermoso cuadro que Don Zatti supo pintar con su vida. Los dejo con la última frase que Don Vecchi escribió en esa carta tan linda que dedicó a nuestro querido hermano (ACG 376): Tal vez la urgencia hoy no es la de fundar un gran número de instituciones (educativas formales), sino de revisar el mensaje transmitido por nuestra vida personal y comunitaria como evangelio desplegado en el tiempo, y prolongación de la vida y del obrar de Jesús. En una palabra, ¡nuestra santidad!
¡Un abrazo grande!

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