Juegos Olímpicos y Don Bosco


Hoy se inauguran los Juegos Olímpicos de Londres, y por eso nos pareció adecuado reflexionar acerca de la importancia del deporte en el sistema educativo de Don Bosco. Transcribimos un magnífico texto del Padre Sergio Cecchi, titulado "El valor del patio en la educación salesiana".



“Debe darse a los alumnos amplia libertad de saltar, correr y gritar a su gusto. La gimnasia, la música, la declamación, el teatro, los paseos, son medios eficacísimos para conseguir la disciplina y favorecer la moralidad y la salud”. Así escribía Don Bosco en su tratadito sobre “el Sistema Preventivo en la educación de la juventud”.


Eso exactamente encontré cuando en el lejano 1946 entré por vez primera en la casa salesiana: estudios serios, vida religiosa intensa, pero además… mucho arte, mucho deporte: juegos animadísimos, banda musical, coro, teatro, excursiones, montañismo. Después de cien años los Salesianos seguían fieles al método educativo de Don Bosco. En ese clima de intensa actividad y alegría, no recuerdo haber escuchado una mala conversación, ni presenciado una grave indisciplina, ni sentido nostalgia de la calle.


Cuando los Salesianos proyectan abrir una nueva obra educativa en alguna ciudad, lo primero que calculan es si habrá suficiente espacio para canchas deportivas. Son necesarias las aulas, los talleres, la capilla…, pero no puede faltar un amplio patio para el juego. En el aula los muchachos aprenden, en el taller se capacitan…, pero es en el patio donde se educan.

Decía Don Bosco: “Me gusta ver a los muchachos durante el recreo, y cuando los veo a todos jugando, sé que el demonio no tiene nada que hacer”. “Deseo ver a mis muchachos corriendo y saltando alegremente en el recreo, porque así estoy seguro de que las cosas marchan bien”. “Jueguen, corran, diviértanse, así me gusta. Procuren no hacerse daño y ser buenos”.


Un testigo de la época refiere: “Los alumnos de Valdocco pasaban sus días alegremente, con entusiasmo, increíblemente serenos. Quien no lo vio, difícilmente puede formarse una idea cabal del bullicio, de la ingenua despreocupación de los juegos, de la alegría de aquellos recreos; el patio era pateado palmo a palmo con desenfrenadas carreras”. Otro cuenta: “Cuando los muchachos habían cumplido sus deberes, le gustaba que se divirtieran alegremente y que hicieran gimnasia”.

Durante el viaje que Don Bosco hizo a París en 1883, un periodista lo entrevistó sobre su método educativo: “… Tocante a los juegos, - contestó el santo - hay que tener presente que el muchacho debe estar contento y, para ello, hay que distraerlo con juegos. Para conseguir este resultado no se omite nada; ante todo la música, y después los ejercicios físicos. Cuando el muchacho se cansa de jugar, a menudo acaba por ir a rezar en la capilla, que encuentra siempre abierta”.


No permitía juegos sedentarios que cansaran la mente. Como sabio educador, invitaba a los muchachos a juegos que ejercitaban sus fuerzas físicas. Él mismo se asociaba a sus diversiones y a veces los desafiaba a una carrera. Y no sólo él; decía a sus jóvenes colaboradores: “Es deber de todos los salesianos pasar el tiempo del recreo en medio de los muchachos y mantener animados los juegos”. “No permitan nunca que los muchachos estén ociosos durante el tiempo de recreo”. “Animen mucho el recreo con los juegos que más agradan a los muchachos”.

La cosa había comenzado mucho antes. Cuando Don Bosco era simplemente Juanito Bosco, se subía a los árboles y cazaba nidos. A los once años se empeñó en aprender los juegos de los saltimbanquis, “dar el salto mortal, caminar con las manos, andar sobre la cuerda, hacer destrezas y trucos de ilusionismo”. En la feria de su pueblo se subió al palo ensebado y se ganó el primer premio. Más tarde, joven estudiante en Chieri, formó con sus amigos la “Sociedad de la alegría” que, junto con el cumplimiento de los deberes escolares y religiosos, tenía por regla “buscar juegos que pudieran contribuir a estar alegres”. Por esos días desafió a un charlatán y le ganó en carrera, en salto y en otros retos.


Y no era por pura diversión. Los que conocen a Don Bosco en profundidad saben que, desde que era simplemente Juanito, en todo lo movía un afán educativo y apostólico: atraer a la sencilla gente campesina de su aldea para catequizarla, atraer a sus compañeros estudiantes para alejarlos de la disipación y de las malas compañías, atraer a los muchachos pobres de la periferia de Turín para que en su Oratorio aprendieran a ser “buenos cristianos y honrados ciudadanos”.


Si nos preguntáramos ahora cuál es en resumen, según Don Bosco, el valor del “patio” en toda Obra Salesiana, el valor del juego y del deporte, diríamos:

1. Don Bosco quería probar con hechos que “servir al Señor” no es triste, que más bien es la fuente de la verdadera alegría. Que cuando el muchacho siente su conciencia en paz con Dios y con los demás, espontáneamente salta, grita y juega.


2. Que a los chicos hay que atraerlos con lo que a ellos más les gusta: el juego. ¿De qué otra manera se les podía alejar de los peligros de la calle? “Que los educadores amen lo que agrada a los jóvenes (el juego, el deporte, la música), y los jóvenes amarán lo que les gusta a sus educadores (la disciplina, el estudio, la catequesis)”.

3. El patio es el lugar privilegiado para el encuentro entre personas. En el aula y en la iglesia la relación es unidireccional: todos miran al maestro o al sacerdote, y se considera falta de respeto hablar entre sí. En el patio, en cambio, se da el auténtico encuentro entre el educador y los educandos, entre el muchacho y sus compañeros. Lo reconoció el famoso Humberto Eco: que el Oratorio Salesiano es el lugar de la máxima comunicación.


4. Era convicción de Don Bosco que la gimnasia y el deporte son beneficiosos para la salud del cuerpo y de la mente; que la actividad, el movimiento, el desahogo y la alegría alejan las tentaciones.

5. El recreo es el momento en que el muchacho “se libera”, es él mismo, se manifiesta tal cual es, con su temperamento; y es allí donde el educador lo puede conocer mejor, se le puede acercar y decirle al oído una palabra oportuna.


En mayo de 1884 Don Bosco escribió desde Roma una carta a sus muchachos y a sus salesianos de Turín. Está escrita con el corazón más que con la pluma; se la considera su obra maestra de pedagogía; aún hoy se emociona uno al leerla. ¿Y de qué habla? Del patio y del recreo; del recreo y del patio. Allí es donde salesianos y muchachos forman una bella comunidad, una familia.


Familiaridad con los jóvenes, especialmente en el recreo. Sin familiaridad no se demuestra el afecto, y sin esta demostración no puede haber confianza… En el recreo el maestro se convierte en un hermano de los muchachos; y el muchacho, al sentirse amado, cumplirá con gusto lo que le pide el educador”.

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